PRESENTACIÓN DE LAS FIESTAS POR EL ALCALDE LUIS ENRIQUE PÉREZ BUENO 
PREGÓN A CARGO DE BERTA SALVADOR PERNÍA
Buenas noches amigos,
vecinos, Señor Alcalde, miembros de la corporación municipal y visitantes que
hoy nos acompañáis.
Es para mí un enorme
honor dirigirme a todos vosotros desde este balcón del Ayuntamiento, para dar
comienzo a las fiestas.
Lo primero que quiero
comentaros es que cuando Luis me propuso dar el pregón, dudé si era la persona
apropiada y merecedora de este privilegio, pero pensé lo mucho que quiero a mi
pueblo y en la felicidad que siento cuando recorro cada rincón de estas calles
y por ello acepté. Quiero compartir
con vosotros el sentimiento que tengo de Albendea y que seguro que todos
entendéis. Lo hago emocionada y con el respeto que impone hablar delante de
gente a la que una conoce, aprecia y con la que comparte tantos recuerdos. Porque
Albendea no es un pueblo, Albendea es nuestro hogar.
Yo nací en esa casa y
no pude hacerlo en un lugar mejor. El Córdoba me contó que nunca había oído
gritar a nadie como lo hizo mi madre. Así que desde el primer minuto de vida
estuve ligada a este pueblo y a la pregunta habitual de dónde eres, ya siempre
me acompañó la misma respuesta; de Albendea, un pueblecito de Cuenca.
Los primeros recuerdos
que guardo en mi memoria son de este lugar.
Las veces que puedo
haber recorrido la Calle Las Lozanas o
mejor dicho la calle del Cuatro, aunque a La Felisa no le guste ese nombre, de casa de mis abuelos Víctor y
Adelina (con sus ricos pucheros de judías) a la casa de mis otros abuelos
Marina y Pedro. La de carreras que he dado en esa calle. Aún hoy me gusta ir corriendo
de una casa a otra, y lo hago con una sonrisa, porque esa sensación me hace
volver a mi niñez. Mis amados abuelos. Yo fui su hija pequeña, su nieta mimada.
Llenaron mis días de besos, caricias, amor y felicidad. Ahí mismo, me recuerdo
con cinco años, agarrada al mandil de mi abuela Marina, mandil que nunca
soltaba. Y en el poyete de la María, sentado, mi abuelo Pedro, tan guapo y apuesto.
Porque
cada calle de Albendea tiene algo que contar, cada plaza guarda conversaciones
interminables, cada casa conserva el recuerdo de familias enteras y cada piedra
forma parte de una historia común que todos compartimos.
Yo recuerdo con
especial cariño la plaza, la Plaza del Olmillo, donde pasábamos horas y enseguida se improvisaba un campo de
fútbol, un campo de tenis, una carretera de chapas, o simplemente nos
sentábamos en una acera viendo pasar las horas. La plaza animada con sus bares;
el bar del Agapito, el de Miguel y las Morenas con su máquina de discos, y en
el pueblo sus tiendas; La Poli, La María y La Marisantos, que no tenían
horario. En cualquier momento se levantaban y te despachaban. La de veces
que íbamos a comprar bebidas
a las doce de la noche para irnos de fiesta y ahí estaban las tiendas abiertas
para nosotros…que por lo visto no habíamos tenido tiempo en todo el día para ir
a comprar.
Pasábamos tardes
enteras en la fuente vieja, cogiendo
renacuajos y con el bote lleno, nos íbamos a casa tan contentos. Y tengo que
decir que me hace mucha ilusión cuando veo a los niños (los primeros mis
sobrinos) que aparcan las nuevas tecnologías, los móviles y las tablets y con
una sonrisa e ilusión siguen bajando a nuestra fuente a vivir sus primeras
aventuras y por supuesto, a comer moras.
Y que me decís de la
figura del pregonero. Esa figura entrañable. Cuando recorría el pueblo y hacía
sonar la corneta. Se guardaba silencio y todos atentos. El Honorato, la
Guillerma, el Eugenio, nos informaban de cualquier novedad, desde la llegada
del camión de fruta a la plaza…hasta, “se hace saber, por orden del señor
alcalde que se va a cortar el agua”. Toda una variedad de información.
Esa figura
Luis, del pregonero, habría que volver a ponerla.
Con especial cariño me
acuerdo del colegio. Nuestra escuela. La que siempre será mi escuela. Estábamos
todos los alumnos en la misma clase, pero cada curso en una fila. Cuatro éramos
en mi curso: Javi el de Vitorino, Gema la de Pedro José, Jesús el de la Placeta
y yo. Solo había un profesor, que nos daba clase a todos los cursos y todas las materias. En invierno había que llevar un tronco y piñas para encender la
estufa y en el recreo el “bote-bote” ganaba como juego principal. Eso sí era
una clase acogedora. Actualmente una de las mayores alegrías al subir al pueblo
es ver que sigue abierta. Que después de años cerrada, volvió a llenarse de
niños, porque siendo sincera uno de los sonidos más bonitos que existen, es el de un pueblo lleno de
vida, y esa vida nos la dan los niños.
La de horas que he
pasado por los huertos y campos alrededor del pueblo, de pequeña en la Dehesa y
Chorrillo con mi abuelo Víctor, mi tía Maricarmen y nuestra mula Castaña
y de mayor con mi amiga
Leía y mi bicicleta. Porque siempre he pensado que Albendea tiene una ubicación
privilegiada. Alcarria, a las puertas de la sierra. Disfrutamos de ríos
caudalosos, cerros increíbles, paisajes maravillosos y un entorno envidiable
para disfrutar del campo y la naturaleza. Un enclave digno de admiración.
Y puesto que este
pregón va a dar comienzo a las fiestas, también tengo bonitos recuerdos de la
que consideré mi primera peña; La Peña del Forastero. Los Moratilla, Juan y
nuestro añorado David (un beso al cielo) junto con su primo Antonio hicieron la
plantilla con cartón y con esa plantilla y pintura negra, hicimos nuestras
camisetas. Camisetas blancas, que eran fáciles de comprar por todos y una a
una, las fuimos decorando todas. Fueron unas fiestas realmente estupendas.
Vividas con toda la ilusión del mundo.
Y
siguiendo con las fiestas, os pediría que os fijarais en el manto y la corona
de la Virgen. El manto que luce en la procesión, bordado con hilo de oro por
las monjas de Cuenca, se debió al esfuerzo y colaboración del pueblo. Nuestra
vecina, La Sole, promovió la venta de estampas de San Antonio de Padua y la
Virgen de la Vega, la realización de rifas y la organización de un festival con
los jóvenes del pueblo para recaudar dinero, logrando, finalmente, adornar a
nuestra Virgen con un manto precioso y unas maravillosas coronas tanto para
nuestra Madre como para su Niño que lleva en brazos, regalo estas últimas, de
ella y su marido Valentín.
Y tengo tantos y tantos
momentos guardados con cariño que quiero tener también un pensamiento para aquellos vecinos que ya no están con
nosotros pero que todos llevamos en el corazón y su recuerdo nos acompañará
siempre, porque han formado parte importante de nuestras vidas.
Cuando fui madre,
intenté trasmitir el cariño al pueblo, a mi hija, y creo que hice un buen
trabajo. Mi hija adora el pueblo, y su fin de semana preferido son las fiestas
de Albendea. Los que la conocéis sabéis que disfrutará con intensidad este fin
de semana. En eso ha salido bastante más fiestera que yo.(de hecho, Rafa ten cuidado que mi hija viene dispuesta
a quitarte el puesto).
Creo que es importante
traer a nuestros hijos al pueblo desde pequeños, para que sientan el arraigo a
la tierra, tengan amigos y estén deseando venir. Si volvemos a la juventud,
pensad la ilusión que teníamos cuando nos daban las vacaciones y llegábamos
aquí. Esa ilusión de ver a los amigos, jugar y pasar un verano con una libertad
que solo un pueblo como Albendea la puede dar (en pocos sitios se puede jugar
un rescate o un drácula por todo el pueblo)…y disfrutado el verano con
intensidad y… pasadas las fiesta de la Virgen de la Vega, llegaba el momento
del drama: las despedidas y las lágrimas. Más de una lagrimilla nos ha caído
por la mejilla…vamos, a mi reconozco que muchas.
Quiero aprovechar este
recuerdo, para dirigir unas palabras a las nuevas generaciones. A los niños y
los jóvenes. Vosotros sois el futuro de Albendea. Vosotros sois los que llenáis
el pueblo. Quienes continuáis con las tradiciones. Quienes escribís nuevas
páginas en la historia de nuestro pueblo. Disfrutad las fiestas y guardar
recuerdos, porque veréis que los mejores recuerdos de la vida están ligados a momentos sencillos,
vividos en lugares como este. Porque aunque vivimos
tiempos en los que todo cambia muy rápido,
las tecnologías avanzan y el mundo se mueve a velocidad vertiginosa, cuando
llegan las fiestas permanece: la cercanía, la convivencia y la amistad.
Así que disfrutar muchísimo y pasarlo
muy bien.
Como sabéis tuve un
importante problema de salud hace algo más de dos años, que me enseñó a valorar
aún más todo lo que me rodea. Me enseñó que cada día es un regalo y ahora más
que nunca, paseo y percibo todo lo que aporta un pueblo como el nuestro. Así
que desde aquí quería agradecer todas las muestras de apoyo y cariño que tuve durante mi convalecencia. Me sentí
muy querida y arropada, por lo que solo puedo deciros de todo corazón, gracias.
Muchas gracias.
Igualmente mandar toda
la fuerza y cariño a aquellos vecinos que atraviesan momentos difíciles para
que sepan que forman parte de esta gran familia que es Albendea.
Y qué detalles he
aprendido a valorar aún más: pues me encanta el olor a chimenea y la paz que
respiro al pasear por las calles en invierno, esos campos verdes con sus
árboles en flor y el canto de los pájaros en primavera, pisar
las hojas secas
del parque y los colores maravillosos que acompañan al
otoño y esa alegría y frase que se transmite con los años de vamos a “sentarnos
al fresco” del verano.
Millones de sentimientos agradables siento cuando subo la “boca
de la carrera” con mi madre, mi hija y ahora también con Laura y llego a mi pueblo, pero todos desembocan en
tranquilad. En mi pueblo estoy tranquila. Desconecto de los problemas diarios y
el tiempo se ralentiza. Respiro paz. Me siento a gusto. Me siento protegida. Me
siento feliz.
Muchos nos tuvimos que marchar del pueblo por diferentes motivos, pero cuando regresamos, nos
sentimos en casa y una de las causas
es por las personas que viven diariamente en él.
Los vecinos que se
alegran de vernos, mis primos los hijos de la
Visi y Patro, Soraya y Miguel que mantienen el bar abierto, Adela y Juan
Carlos que tienen su frutería, los albañiles
que nos ayudan con las reformas, los agricultores y ganaderos que dan vida al
campo, Gema siempre dispuesta ayudar, las asociaciones de jóvenes y jubilados
planeando actividades, las peñas, las jóvenes con sus danzas que un día les
enseñó La Sole, el coro de la Iglesia, los niños recorriendo la calles, que dan
alegría al llegar y entrar en la plaza…en fin, agradecer a todos los que vivís
en el pueblo y nos hacéis nuestra llegada más agradable.
Llevo 40 años en
Madrid, que no son pocos, pero en mi corazón solo hay lugar para el sitio más
bonito del mundo, el pueblo donde nací y donde
en el futuro quiero vivir.
Que estas fiestas nos
unan más, que refuercen nuestros lazos, que nos regalen momentos inolvidables y
que nos recuerden que aunque el mundo cambie, siempre habrá un lugar donde
volver y sentirnos en casa y esa casa, amigos, es Albendea.
Así que vecinos: Os deseo unas fiestas muy felices.
Viva La Virgen de la Vega.
Viva Albendea.
